
Me siento rara, de siempre tuve pánico a las alturas, sin embargo, no puedo alejarme de esta terraza de un noveno piso con vistas al mar, la casa está llena de gente, pero yo aquí estoy sola, puedo notar el aire entrando por mis pulmones, puedo escuchar el romper de las olas, hasta puedo sentir su brisa, puedo guardar todo lo que siento en mi memoria para que cuando llegue a Madrid pueda plasmarlo en mi ordenador. En Madrid, ese hermoso lugar, en el que julio se hace un mes insoportable y que tiene de todo menos lo que ahora puedo ver con gran nitidez, la playa. Necesitaba esto, lo necesitaba de verdad, escapar, dejar de pensar, dejar de medir los pasos que doy,dejar de tener el máximo cuidado al andar por miedo a tropezarme porque no tenía ni tiempo para tropezarme.
Aprendí que las cosas se deben hacer por uno mismo, sin pensar en los juicios de los demás, sin pensar que la espera por alguien puede dar su recompensa. Necesitaba tiempo y me lo dí, necesitaba concentración y me la dí, necesitaba esperar y esperé y ahora que necesito locura y despreocupación me doy locura y despreocupación porque la vida es muy corta y con el tiempo aprendes que hay ciertas cosas que no merecen tu tiempo.
Llega alguien, adiós a "mi momento soledad", ahora toca charla algo filosófica sobre la vida en general, sobre el futuro, y unas cuantas risas, todavía puedo oír el romper de las olas y mejor, aún tengo tiempo de escuchar mi respiración, calmada, tranquila, serena, con ganas de disfrutar, con ganas de dejar de pensar y de comerse el mundo. Este es el verano del cambio, la puerta hacía una nueva vida, un momento de decir "hasta siempre" y "hola" a unos cuantos desconocidos.
Tengo ganas de lo nuevo, espero que todo lo vivido me haya enseñado, bueno mejor dicho que lo haya aprendido, porque quiero disfrutar cada segundo, quiero vivir, soñar, reír, caminar, correr, besar, amar, sentir, seguir aprendido, quiero hacer de todo, quiero tener tiempo para todo pero sobre todo para... respirar.
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